MONASTERIO DE SANTA MARÍA. ZILBETI
MONASTERIO DE SANTA MARÍA. ZILBETI, NAVARRA
Habitado por una comunidad religiosa hasta el siglo XVIII pasando después a propiedad particular en el siglo XIX. Estaba formado por la iglesia y la hospedería adosada. Hoy en día sigue siendo propiedad particular. A lo largo de la historia se han realizado trabajos de mantenimiento que han modificado su aspecto original. Solo quedan vestigios de su pasado románico.
¿Merece una visita? Ya sabéis lo que pienso al respecto. Si hay cuatro piedras juntas...allá que voy. En este caso, una sencilla pero preciosa portada y un óculo trasplantado para dar luz a una iglesia muy sombría, merecen el viaje.
Accesible en coche con seis últimos kilómetros por una carretera en buen estado pero muy estrecha. Sin problemas para personas con movilidad reducida.
Aquí os dejo la lista de música con raíces medievales que me he puesto yo buscando inspiración para la siguiente historieta.
https://www.youtube.com/watch?v=0UHsJWNxSmU
HISTORIAS DEL BISABUELO.
Aiert recibía en Berrioplano las enseñanzas precisas para ser un perfecto caballero. Era hijo de Unai, señor de Egües y Sua, hija de Ekaitza. Su padre, en su juventud, fue una leyenda. Se hacía llamar el Lobo. Unai (el Lobo) destacó en todas las justas y torneos en los que participó. A lo largo de su vida y adaptando las enseñanzas al crecimiento de su hijo, había conseguido que tuviese unas habilidades excepcionales con todo tipo de armas. Pero pensaba que la formación del muchacho era incompleta. Decidió mandarlo a Berrioplano para que, además de la habilidad con las armas desarrollase su intelecto, adquiriese conocimiento de tratamientos de heridas y fracturas y todo aquello que lo pudiera convertir en un caballero completo.
-Mira, Aiert, yo ya te he enseñado todo lo que sé. Pero necesitas más. En algún momento tendrás que gobernar dos señoríos, el de Egües y el de Berrioplano, y para eso hace falta algo más que ser muy habilidoso con las armas.
-Padre, yo estoy muy a gusto en Egües, no se me ha perdido nada en Berrioplano. Me gusta ir a pasar unos días pero no quiero vivir con los abuelos.
-Tú harás lo que yo te diga. Ahora no entiendes esta separación pero, algún día, me agradecerás esta decisión.
Algunos meses después, sentados en un poyo, a la puerta del palacio de Berrioplano, Aiert aguantaba estoicamente las sesiones inacabables de historias que le contaba el Tuerto.
-...Abuelo, esas historias que me cuentas de un bandolero llamado el Txirriau, de otro medio bandolero medio informador, el Zurriaspas; esos rollos de tus aventuras con los moros en las cruzadas, tus amistades con reyes que ya no existen, la formación de una banda que pasó de estar al margen de la ley a poseer un señorío como Berrioplano...¿para qué me sirve?
-Que no me llames abuelo, que tu abuelo es el Látigo y tu abuela Ekaitza. Yo estoy casado con la madre de tu abuela, melón, que no te acaba de entrar en la cabeza. Si no eres capaz de conocer bien tus orígenes serás un “desmochau” toda la vida.
-Vale, abuelo. No querrás que te llame Tuerto ¿No?
-Te salva que eres hijo de Sua, la perla de Berrioplano. Pero algún día se me va agotar la paciencia y te voy a dar un sordabirón que vas a remontar el río Runa, haciendo txipitxapas, hasta los montes de las hayas.
-Vale, abuelo, solo te tomo un poco el pelo para hacerte enfadar. Sigue con esa historia del Zurriaspas…
-Se acabaron las historias.
-A ver, abuelo, que esas historias me divierten. Me encanta escucharte.
-Otro día.
Catalina tenía 13 años. El pelo castaño muy claro con algunos mechones que se aclaraban más con el sol y unos ojos grises como de gato le daban un aspecto a veces dulce, a veces amenazador. Su madre, María, se encargaba de la atención a los peregrinos que llegaban a la hospedería de Santa María de Zilbeti. La niña había adquirido de su madre y de su abuela unos conocimientos sanitarios excepcionales y, vigilada por ambas, atendía a todo tipo de problemas. La gente del pueblo acudía a consultarle a la más mínima indisposición. Pero, los mismos que le pedían remedio para sus males, hablaban a sus espaldas de sus milagrosas curaciones relacionándolas con el maligno. Otros decían que era descendiente de agotes procedentes del valle de Baztán. María, que había escuchado rumores y conocía la existencia de la Escuela de Salud de Berrioplano, decidió desplazarse a ese señorío para intentar que la niña cursase estudios médicos. Conocía al Tuerto de algún encuentro casual cuando este, en sus tiempos mozos, subía a la frontera con encomiendas de vigilancia pero, a veces, se desviaba hasta Zubielki para hospedarse al calor de una mirada sugerente. María pensaba que aquellos arreones de moza y aquellos restregones furtivos hablarían en su favor.